La Biblia comestible

Hace años, pensé en crear y vender Biblias comestibles. El libro sería condensado, introduciendo únicamente las escrituras más muchas veces citadas con páginas hechas de un material angosto, semejante a las hostias de la Sagrada Comunión Católica. La iniciativa era cortar tu escritura favorita y comerla después, luego de lo cual va a ir místicamente adentro, donde verdaderamente vivirías esa escritura. No obstante, mientras maduraba mi vida espiritual, me daba cuenta de que sencillamente leer algo o inclusive comer las expresiones no era bastante para que se produjera una transformación personal. Debemos presenciar algo asombroso e excepcional para que un cambio real ocurra, y cuando ese cambio se realize, debemos integrar ese cambio espiritual de forma diferente a como hemos que viene dentro novedosas vivencias en el pasado. Por eso comencé una búsqueda para saber si es viable en absoluto cambiar principalmente, lo que significa no sólo cambiar en la área pretendiendo que hemos cambiado, o viviendo alguna clase de ideal de excelencia o fantasía, sino modificando fundamentalmente donde todas nuestras actitudes, las considerables y las pequeñas, se vuelven instintivamente compasivas y sabias. Mi misión empezó como un deseo egoísta de hallar y presenciar la iluminación para mí mismo, pero cuando comencé a meditar, me volví más consciente de todo el mundo que me rodeaba y concluí que algún cosa que estuviéramos realizando, no se encontraba andando. Lo que me llevó a los procedimientos por los cuales la cabeza cambia desde adentro. En otras expresiones,”Adonde desee que vayas, ahí estás” cambia a,”¡A donde desee que vayas, ahí están los demás!” Logre ver que la iniciativa de “yo”, que se encontraba tan arraigada, poseía que cambiar a “tú”, de lo opuesto, todo lo que hice podría estar apoyado en el “yo” en vez del otro. La generación del “yo” tuvo que cambiar a la generación del “nosotros” para que el planeta cambiara realmente. Esto lo llegué a entender; y entendí además que esto tomaría un cambio monumental en la conciencia, porque muchas personas poseía la sensación de que sólo ellos eran causantes de sí mismos. La sensación era que si no tenías dinero, era por tu pereza personal, y entonces si eres pobre, o enfermo, o no estás mentalmente listo para la labor, entonces, buena suerte; estás por tu cuenta – mereces tu mala fortuna. La sensación era que sólo debíamos cuidarnos a nosotros y a lo mejor depender de nuestra iglesia u otra organización para contribuir a los pobres. Además de contribuir con una chiquita proporción de contribuciones deducibles a una iglesia u organización, un gesto superficial desde luego, estábamos fuera de la escena en lo que tiene relación a una vivencia directa de contribuir a nuestros semejantes humanos. Nos separamos y nos distanciamos de cualquier persona que no cumpliera con nuestros estrictos estándares. Pensabamos a otros fuera de nuestros estratos sociales como algo menos que nosotros. Rechazamos e ignoramos a los menos afortunados y mantuvimos nuestra distancia, además, desde luego, de las contribuciones puntuales que tendríamos la posibilidad de llevar a cabo a un tercero para mostrar bien, y que tendríamos la posibilidad de indicar como ejemplo de nuestra caridad. Esto no es lo bastante bueno, pensé. Sentí que se necesitaría un “cambio” dramático en la conciencia. Me sentí de esta forma porque aunque pensamos que somos contentos en nuestra conciencia presente (y entonces, por qué alguien que es feliz quiere cambiar su situación) jamás cambiaríamos nuestra irritación interna mientras nos encontramos bajo esta ilusión de que nuestros amigos y ocupaciones nos llenan de felicidad, y mientras ofrecemos la espalda al resto de todo el mundo y a la raza humana. Convenientemente olvidamos el aforismo que es tan cierto “Adonde desee que vayas, ahí estás”. Arrastramos todos nuestros inconvenientes y intranquilidades con nosotros, y aunque pensamos que escapamos a nuestras ocupaciones y amigos, podemos consultar que nuestra felicidad sólo dura un corto lapso de tiempo, aunque nuestra retención psicológica de esa felicidad efímera crea la ilusión de que la alegría es una situación persistente. La Primera Verdad Noble de Buda mira la vida objetivamente. La primera verdad noble es:”Esto es padecimiento”. Ahora, detalla las formas en que sufrimos. Él recuerda


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